Cuando nombramos el ajedrez, no podemos ignorar que hablamos del juego de estrategia por antonomasia, ese que todos los grandes estrategas del mundo, desde Carlomagno hasta el mismísimo Napoleón, aprendieron a dominar a la perfección antes de llevar sus enseñanzas al campo de batalla, en el que tantas glorias y victorias llegaron a alcanzar. ¿Acaso las técnicas de este juego de mesa los ayudó a conseguir estas hazañas? Siempre nos quedará la duda, aunque es muy posible que sea así.

El ajedrez es un juego que ayuda a aclarar la mente, a concentrarnos profundamente en el desarrollo de su partida, y a dividir nuestra atención entre varios escenarios posibles que podrían desarrollarse dependiendo de las jugadas que pudiéramos llegar a realizar. Los movimientos de las piezas determinan el camino de cada partida, y es lo que debemos de tener en cuenta si queremos hacer jaque mate: y además, para complicarlo todo, no sólo se trata de imaginar nuestras posibles jugadas, sino también las de nuestro contrincante.

Mi padre, entusiasta de este juego, quiso inculcarme su pasión desde pequeño, pero la verdad, no ha llegado a cumplir su objetivo del todo. El ajedrez me entretiene, es cierto, y durante una época de mi vida sí fue más o menos relevante, pero resultó que apareció en ella una cosa mucho más atrayente para captar mi atención: las chicas. Y en plena revolución de hormonas, no fui capaz de desviarme de ellas, aunque tampoco soy capaz de hacerlo ahora, la verdad.

Me gustan las mujeres, es verdad, mucho más que cualquier cosa en esta vida. Pero las enseñanzas de mi padre y sus deseos no acabaron en saco roto, porque aprendí que, en las relaciones de pareja, el saber jugar al ajedrez puede ser bastante útil. Yo suelo catalogar a las chicas en tres grandes niveles, según el nivel de dificultad para llevarlas a la cama: el alfin, la torre y la reina. ¿Y queréis saber por qué? Os lo explicaré a continuación.

Los alfiles son chicas fáciles, de esas que te ronean un poco al conocerte, se dan un poco a valer, pero sabes que no tendrás mayor dificultad en tirarte; se les nota que les gustas desde el principio, y no hacen nada para evitar que tú lo sepas, así que cuando conoces a una sabes que esa noche triunfarás. Para las torres, tendrás que currártelo un poco más: estas chicas te han echado el ojo, y montan todo un plan para seducirte aunque tú no lo notas, incluso crees que eres tú el que ligas, y pueden llegar hasta a disimular que quieren rollo contigo con el viejo truco de “le gustas a mi amiga, pero te voy a hacer el favor de liarme contigo…”; aunque suene a chabacano, te aseguro que les funciona en la gran mayoría de los casos.

¿Y cómo sería una reina? Pues amigos, por desgracia todavía no he conocido a la que merezca tanto la pena conquistarla, que te pueda dar el jaque mate con tan solo un par de movimientos. Pero sería una experiencia buena, ¿verdad? Y estaré aquí para contároslo.